Atardecer


Mirando al mar, entre formas ondulantes y tiempo geométrico, yacía una canción en mi cabeza y más tarde en el pecho. El Sol rozaba al mar sin tocarlo, como un beso que quiso pero nunca fue. Unos pájaros nadaban en paralelo con el horizonte y los peces volaban a través del tiempo y no del espacio; una locura sin explicación, pero quién la necesita, si llega a donde quería llegar: la cadencia de esa canción que yacía en mi cabeza y más tarde, exactamente seis minutos treinta y un segundos, en el pecho. Mientras tanto las olas seguían balanceando el paisaje, el Sol se aproximaba más a los labios del mar y las nubes propiciaban el ambiente perfecto para morir viviendo. Mientras tanto, mirando hacia afuera pero observando hacia adentro, el mar dibujó la silueta de tus labios contra los míos y justo ese instante causó el desastre; seis efímeros minutos y treinta y un eternos segundos de un beso que quiso pero nunca fue.



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