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Mostrando entradas de noviembre, 2015

Autorretrato

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Intento número quinientos treinta y cinco de este autoretrato: soy incapaz de conjugar todos los verbos en primera persona del singular y acabo hablándome a mí mismo en tercera persona.
 Nací un jueves trece de un invierno seguramente frío y será por eso que casi nunca necesito abrigo para cubrirme ni por fuera ni por dentro. Me entristezco fácil, se me olvida con más sencillez aún y lloro con la misma frecuencia que llueve en un desierto.
 Aun con muchos calcetines mojados por pisar charcos, unos cuantos años cumplidos, barba ya crecida y a veces dolor de espalda, sigo siendo un crío de mierda. De los que si cambian, seguramente sea para peor y aun así se alegran del cambio porque lo aman, de los que parecen haber aprendido la lección pero si les pierdes de vista, huyen para esconderse y preocupar a los demás sin ser consciente.
 Si choco y caigo, aprovecho para mirar las estrellas, observar lo bonito que es el mundo desde otra perspectiva y sonreír un poco. Porque si no, de qué. Y h…

Atardecer

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Mirando al mar, entre formas ondulantes y tiempo geométrico, yacía una canción en mi cabeza y más tarde en el pecho. El Sol rozaba al mar sin tocarlo, como un beso que quiso pero nunca fue. Unos pájaros nadaban en paralelo con el horizonte y los peces volaban a través del tiempo y no del espacio; una locura sin explicación, pero quién la necesita, si llega a donde quería llegar: la cadencia de esa canción que yacía en mi cabeza y más tarde, exactamente seis minutos treinta y un segundos, en el pecho. Mientras tanto las olas seguían balanceando el paisaje, el Sol se aproximaba más a los labios del mar y las nubes propiciaban el ambiente perfecto para morir viviendo. Mientras tanto, mirando hacia afuera pero observando hacia adentro, el mar dibujó la silueta de tus labios contra los míos y justo ese instante causó el desastre; seis efímeros minutos y treinta y un eternos segundos de un beso que quiso pero nunca fue.