Aquel imbécil

Aquel imbécil solo era eso, un imbécil. Con metro ochenta y no sé cuántos ni me importa, mirada perdida y pelo que se resentía a crecer más, trataba de convencerse de que seguía viviendo. Pero esa sonrisa cuarteada, las enormes manos metidas en sus bolsillos y el ceño fruncido que si las cejas fuesen dos placas tectónicas, estarían al borde de un terremoto, indicaban más bien lo contrario. De hecho el ceño no, pero él sí, al borde de un terremoto y de un cataclismo que arrasaría con nada. Nada en absoluto. Y es ahí donde empezaba su problema, allá donde la nada se hacía ver.
Su vida comenzó con una sonrisa, cuatro sueños de esos que nunca se consiguen pero sin saber exactamente cómo, se logran. Y la avaricia, la suya, rompió su saco y el saco - de amor - de quienes lo rodeaban. Y sin vanidad alguna, con sonrisa rencorosa se marchó pensando que nadie era necesario salvo si se tenía a él. En parte estaba en lo cierto, quién es más importante que uno mismo. Y en parte se había sentenciado él solo: no había nadie más importante, porque quienes estaban a su alrededor habían confiado en él con vendas en sus ojos.
Hasta que llegaron problemas y no tenía cómo solucionarlo. Y lo peor de todo, tampoco tenía quién ayudarle un poco. Ni siquiera podía conseguir un abrazo de los que enternecen los problemas. El éxito y su avaricia, en su éxtasis por más, destrozó, y destronó también, a este imbécil que solo era eso, un imbécil.

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