Los monstruos se mueren besándolos

No sé cómo empezar a escribir después de quinientos cuarenta y cuatro segundos y unos cuantos besos más, sintiendo tu sonrisa tan cerca de mí y antes haber naufragado días sí, noches también, por orillas infectadas de tiburones que no comían carne, pero sí devoraban las ilusiones y te hacían sentir un niño temeroso que no se atrevía a salir de su cama.
A menos que pueda ir abrazando a su peluchito. En ese caso, ni tiburones, ni tarascas, ni quimeras. El problema es cuando el peluche, o tus labios o tus brazos, se encuentran al otro lado del pasillo. Cuando la meta, es ese abrazo que necesitas en el camino. Pero sin embargo, el niño sin necesidad de crecer, da un golpe sobre sus miedos, les guiña un ojo, les dedica la sonrisa más pícara de todas ellas y como si fuesen globos en una cama de pinchos, se desinflan y desintegran. Tan solo era cuestión de sonrisa y meta clara. Por tus labios, tu abrazo o por ese peluchito: Todo.

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