Maldita sonrisa la tuya

Cantaban los pájaros, resonaban las campanas y sus pasos firmes pero frágiles seguían el ritmo pesante de estas. Miraba a las nubes y ellas lo miraban con esa mirada que no te desea la muerte, pero debe estar cerca de aquello.
 Y mirase donde mirase, solo veía caras de odio. De psicópatas que querían verlo caer una y otra vez y reírse en cada rasguño pequeño que se hiciera para hacerlo profundo e incurable.
Pero miraba a la luna, para encontrar consuelo en ella. Algo tan terrible, tan piadoso y malévolo debía tener a alguien maravilloso que contrarrestase su acérrimo odio. Al menos, algo le quedaba. Al menos, ante tanto mediocre y tan pocas excepciones, aún existía, alguien que se atrevía a sonreirle. Alguien que no creyera que es un monstruo. Que no se asusta cuando lo ve pasar, si no que espera quieta, sin detenerse nunca, esperando que vuelva a pasar, para regalarle lo mejor que le podía regalar en ese momento:
Una sonrisa de verdad.

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