De azules tristes y destructores y tu amarillo constructor

Es de noche. La habitación está fría y oscura. Un sonido que quiere asemejarse a la voz de una tenor, reivindica su espacio en mi cama. Con su sobrio carácter se penetra en mis sábanas y con su cálida sonoridad caldean y enternecen la habitación, dejando en segundo plano la oscuridad.
La melodía tienta las sábanas, busca a alguien que no soy yo, pero no la encuentra. De repente, sin previo aviso, en un cambio súbito de emociones, mancha las sábanas y un poquito mi pecho también, de un azul triste y apagado que me hace recordar el lado vacío de mi cama. Pero la melodía, revoltosa, con ganas de jugar conmigo y jugársela a todo o nada, continúa. Sus frases cada vez se alargan más. Un larguísimo pasaje con un gradual crescendo desemboca en una furia que convierte el azul en morado, y más tarde en un rojo furia, fuego, infierno, que acabaría apagándose en un amarillo intenso, brillante y esperanzador. 
Y se escucha la puerta. Y aquí está ya. 
Y de repente, todo iluminado en la más oscura habitación de la casa.


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