Adiós, invierno. Adiós.

Era una tarde de invierno y tú estabas empeñada en hacerla primavera. Tenía los pies fríos, el alma quebrada y el corazón helado. En mí, convivían dagas de hielo clavadas en el pecho; sangraba amor, pero tú tenías remedio. No usaste agua oxigenada, ni siquiera gasas, ni siquiera agua. Me abrazaste por la espalda para no clavarte mis dagas, que se fueron derritiendo gracias a tus manos infierno. Conjugaste todos los verbos en presente, en indicativo, en primera persona. Los enredaste en tu pelo y me hiciste perderme en él, atrapar los verbos, morderlos y hacer de tu presente mío también. Sin querer queriendo me había perdido yo pero te encontré a ti. Sin querer, queriendo, atrapaste mi invierno, plantaste semillas  en él y con flores y árboles y colores reventaste ese frío tétrico. Adiós, invierno. Adiós.

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