El camino que creía ser meta. (y la meta que nunca lo fue)

Aviso al lector: los términos empleados aquí no son objetivos ni exactos. La ignorancia es palpable a simple vista. Por favor, no juzguen mis palabras por mi incultura en el mundo financiero, empresarial y todo eso que no le importaría eliminar a un ser vivo si en ese hueco que deja en la Tierra lo pudieran rellenar con dinero. (Y disculpen también esta maldita generalización).

¿Soy quien me gustaría haber sido? ¿Soy lo que me conviene teniendo en cuenta mis habilidades para dar lo máximo de mí? Si se responde a la primera pregunta, ¿se da por hecho cuál va a ser la respuesta de la segunda?  ¿Dónde se encuentra la felicidad? ¿Dónde está la satisfacción plena respecto a nosotros? ¿En lo que nos gustaría? ¿En lo que nos convendría ser?
Y si quieres ser lo que te gustaría, ¿es realmente lo que te gusta? ¿O solo es un sueño alimentado por la sociedad que considera éxito la fama y el dinero? ¿O es un sueño perdido de tus padres, los cuales vieron en ti una segunda oportunidad? ¿O es la envidia sana de alguien que es feliz con lo que hace y creemos que es el modelo perfecto de “cómo ser feliz en X sencillos pasos”?

Imaginemos un individuo que no ha sido influenciado por nada (si es esto posible) para decidir que, lo que le gustaría ser en la vida, lo que realmente haría conseguir su máxima felicidad, consistiría en llegar a ser un gran empresario. ¿Por qué? Porque es un chico al que le gustaría ser capaz de adoptar un producto y  que éste sea utilizado en todo el mundo por su gran influencia en el mercado. No era el mejor resolviendo problemas matemáticos, ni era el mejor controlando los gastos mensuales. Pero su sueño era ese. Consciente de sus destrezas y sus déficits, trató de perseguir dicho sueño.
Tras años de estudio en la universidad, consigue instantáneamente (espero que ustedes tengan una imaginación magnífica para esto que expongo) un trabajo en una pequeña empresa en la que él es el máximo dirigente. Con sus defectos maquillados por el aprendizaje que recibió en la universidad, logró tener unos buenos ingresos y gastos mínimos, por lo que la empresa empezó a crecer. Y crecer. Y crecer.
 Al cabo de varias décadas de trabajo constante, duro y extenso, la pequeña empresa empezaba a alcanzar el cielo. Y con ella, el sueño de aquel pequeño soñador también volaba. La pequeña empresa, se alzaba entre las grandes multinacionales.  Aquel pequeño soñador, no podía ser más feliz. Ni más grande. (Laboral y económicamente hablando…)
                                                          … ¿O sí?

El pequeño “gran” empresario consiguió que sus productos se vendieran a precios desorbitantes comparado con el coste de producción, que llegaba a ser un chiste. Todo ello conseguido gracias a manufacturas situadas en Asia y África, donde la mano de obra es minimizada a una simple máquina del proceso de fabricación. Y los derechos humanos, inexistentes. Qué os voy a contar nuevo que ustedes no sepan.
Un día, decidió visitar una de sus miles manufacturas situadas en estos dos continentes. Y la duda se apoderó de él. Y el sueño que más perduró en el tiempo, el sueño por el que luchó toda su vida, y que estaba seguro de que aquello debía ser Su vida, se vio pendiendo de un delgado hilo que podía cortar una delicada brisa de aire fresco. Vio en las manos de uno de sus trabajadores cómo estaba destrozando las vidas de miles de personas. Todo por culpa de un maldito sueño. Todo por culpa de un maldito sueño, repetía contantemente. En ese momento, se dio cuenta de que no poseía una mente tan fría y tan calculadora como él pensaba. Deseaba volver atrás. Volver a esa pequeña empresa y ser feliz dando felicidad a los demás, con horas laborales dignas y un salario que les permitiera a sus empleados no tener miedo a morir de hambre. Se dio cuenta de que, su sueño era ser empresario, pero su finalidad no era que sus productos dieran la vuelta al mundo. Y ni mucho menos, conseguir mucha riqueza económica. Si no humana. De esa que te hace dormir tranquilo. De esa que consiste en miradas recíprocas y sonrisas sinceras. Y estrechamientos de mano cordiales, que no por protocolo frívolo e inhumano.
Y así encontró la felicidad. Bifurcando su sueño hacia sus necesidades. Hacia donde estaba cómodo. Hacia donde se sentía lleno, Humano.

La otra cara de la moneda: un artista con alma renacentista. Su arte entramaba la pintura, la escultura y la música. Acogido a los tópicos: había nacido para eso. Nunca se preguntó el por qué lo hacía, o si realmente era lo que quería hacer. Simplemente, desde pequeño, sus padres, los profesores, se dieron cuenta de que poseía la mano del artista. Como por instinto, su arte llenaba el alma de aquellos que podían contemplarlo.
Tras largos años de dedicación para exprimir la enorme facilidad con la que podía trazar sus sentimientos a través de la pintura, hacerlos oír a través de la música y materializarlos a través de la escultura, se transformó en el artista polifacético que aparentaba ser de pequeño. Sus dotes instintivos casi no le habían dado otras opciones en su vida. Era magia. Y esa magia debía ser explotada.
Pero un ya artista anciano, todos los días empezó a hacerse la misma pregunta. En qué momento decidí y por qué. Sentía que cuanto más llenaba el alma de la gente, más vacía quedaba la suya. Nunca se sintió orgulloso de él mismo. No consideraba que hacía grandes cosas. Para él, hacer Gran arte era como hacer un garabato para el resto de los mortales. Nunca supo qué tan feliz pudo ser si esos dotes nunca se hubieran sacado a la luz. Y valiente paradoja: lo que muchos desean buscar en sus vidas, él hubiera pagado por no haber sido descubierto. No pudo hacer nada. Tan solo se dejó llevar, casi por puro instinto, como si de un animal se tratara; hacía arte con la misma facilidad que comía o dormía.
Y para qué. Y por qué. Y para qué y por qué. La constante de un artista que hacía magia sin saberlo. Que hacía magia sin esa finalidad con la que el mago se siente amado y encantado por ese público que mira asombrado.

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