Antisistema (escrito en pasado, pensado en presente)

Jugábamos a ser rebeldes, nos creíamos los antisistema. Todos nos miraban mal, como si fuéramos de otro planeta. Como si vivir en eterna protesta fuera sinónimo de oler mal, de apestar. Pero, ¿sabe cuál fue el problema? Que crecimos. Que entendimos que la clave para vivir de una forma segura y apacible es responder lo que quieren oír, o callar cuando no quieren escuchar. 

Pero ahora, sinceros, hemos descubierto que, somos nosotros, aquellos señores que nos catalogaban como la escoria de la ciudad por romper un maldito y simbólico contenedor de basura.

Nosotros, antes, cabreados. Ahora, adiestrados. Perteneciendo a la parte que hace caso. La que oye pero no escucha para no salir de su burbuja. La que es sorda porque quiere, porque le da la gana, porque es feliz, en su ignorancia.

También, comprendimos que nos equivocamos. Que los antisistema no éramos nosotros, los que protestaban, los que gritaban y algunas veces pegaban patadas a una papelera. No. El antisistema se encontraba gobernando al país. Se encargaba de destruir el sistema, desde sus entrañas. Para ello, hacia cabrear a una mayoría, de la cual una minoría se atrevía a remover las calles. Los cabreaba desde su despacho, desde su móvil de última generación, desde su preciosa berlina alemana con la que iba a trabajar todos los días. Mientras trataba demostrarnos que, con un poco de esfuerzo, acortando nuestra calidad de vida, destrozando algunos sueños, podremos prosperar en un futuro. 

¿Cómo nos íbamos a creer semejante ironía, vestido de traje, y todo lo mencionado antes? ¿Cómo? 

Sin respuesta, sin sentido, y sin lógica, lo hicimos. Lo hacemos. Y lo haremos. Seguro.


... (o no).


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