No me queda nada

Son las doce de la madrugada, no me queda nada. Naufrago por las calles de la ciudad, teñidas de misterio a causa de una luna llena que los lobos aullarían por ella. De dónde vengo, hacia dónde voy. No me queda nada. Resoplo. El aire resopla, me lo devuelve con una brisa que congela el alma.
No me queda nada. Tan solo soy yo, ni siquiera mi circunstancia. Paso una esquina tras otra creyendo que será la última esquina que pase, pero todas las esquinas pasaron.
Exacto, no me queda nada. Ni siquiera ilusión para seguir creyendo que en la siguiente esquina estará mi salvación. Cruzo una calle más, veo otra esquina. No merecerá la pena, me dije.
Y pasan los años y aún recuerdo esa oportunidad que dejé atrás. ¿Puede que fuese una esquina más? Puede. Pero como el comienzo de nuestra existencia, poco se sabrá con exactitud. Y eso es de lo único que me arrepiento. De no intentar darle la vuelta a todas las esquinas que pude.

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