La que llegaba tarde

Estaba destinada a llegar tarde. Siempre. Estaba destinada a ser la última de la cola del supermercado, la última en enterarse de la previsión del tiempo. Pero había aprendido a reírse de ella misma. De su gran desastre animal.  Y claro, estaba acostumbrada a mojarse, pero sabía convivir con ello. Con la tormenta, con la lluvia, con los días raros. A qué iba a temer, ¿a unas gotitas de agua?, ¿ella?, ¿la misma que se enfrenta a sus monstruos día a día y los convierte en compañeros de viaje? No le hagan reír.
O pensándolo mejor, háganlo. Si no lo hace ella antes con sus tonterías, con sus canciones, o con su propia sonrisa. Ella, ya sabéis, la que llega siempre tarde. La que sin querer o queriendo la encuentras al rodear la manzana. Y te alegra. Y sonríes. Y sonríe. Pero dejas que se vaya, esperando, que algún día, llegue y se quede, aunque sea para tomarse un café, de esos que le gustan tanto; calentito, amargo, acompañado de la cita celebre del sobrecito de azúcar. Y tarde, como siempre a todas partes, Tarde. Pero llegando. Pisando fuerte, y colisionando contra ti.
Y ninguno saldría vivo de ésta.

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