A mí la noche me confunde

Un día más: te despido, me despido. Sin miradas, sin besos. Con ilusión, con tristeza, con amor. Pero solo eso, palabras. Ante la falta de miradas, de besos, de abrazos, de caricias en la espalda y de esas razones que hacen de la vida bonita, clic: música.
¿Quién tuvo la brillante idea? Me dirijo a mi cuarto, a través de un pasillo oscuro, frío, callado. Como una garganta áspera esperando una gota de agua. Una garganta que desemboca en mi cama. Y la música, me reconforta con su voz:  <<y joder qué guarrada, sin ti>>. Miro al vacío, literalmente. Lo puedo ver, palpar. Esta cama es la pura evidencia de que un paraíso puede dejar de ser paraíso si le quitas un granito de arena.
En este caso, el granito tiene derecho a omitir su diminutivo. Pero no os creáis que es muy grande, el diminutivo se lo quito por cortesía. Nada más. Pues tiene la proporción exacta para que mis brazos puedan abrazarla, esconderla, y  aún así, quedar un trocito de espacio para sus sueños.
Y bien, ¿con qué me vas a sorprender ahora, maldito reproductor?
<<Que si no te tengo, reviento. Quiero hacértelo muy lento.>> Trago saliva, miro a otro lado, como si pudiera compartir esa canción con alguien más. Y en efecto. Allí estaba el silencio. Ese maldito silencio que no se callaba.
¿Cómo lo haríamos si este silencio fueras tú y no la oscuridad? No sé si lento, no sé si una, o mil veces. No sé. Dibujaría la linea de tu columna, de tu sonrisa. Tus lunares, tus miradas, tu ombligo.
Y pensándolo bien, ya sé cómo lo haríamos.
Con amor.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La de gris color cielo

La mujer galaxia

Archipiélago de palabras