Cómo hacer música sin música, sin ser música.

Te querías morir en aquel verano. En ese desastroso verano, de aquel jodido invierno emocional. Tú planeando quitarte la vida. Yo planeando quitarte la ropa. Así funcionaban las cosas en aquel verano.
No era nada personal, solo quería conocerte más. Quería ver cómo te quedaba ese traje que escondías entre la ropa. Ese traje color carne a juego con tus ojos miel, caramelo, marrones, crema, o vete tú a saber de qué color eran esos dichosos ojos que me convertían en lobo, aullando por su luna. El caso es que hacían una combinación apoteósica. Como un café y un blues, o un blues y un café. Como un piano y un saxofón. Como una canción con música.
Porque todas las líneas musicales de tu silueta resolvían en una cadencia perfecta. Y un Sol-do, a tu lado quedaba vacío. Y en una redundante nota, eras capaz de decir todo lo que un músico de bote diría en toda su vida.
Tenías el poder de hacer música sin música, sin ser música.

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