Sencillamente, imbéciles.

¿Cuántas decepciones necesita el ser humano para sentirse arrepentido? ¿Cuánto tiempo necesita para sentirse agotado? Esas preguntas se me pasan por la cabeza cada vez que leo la prensa. La respuesta es clara: infinitas; a menos que toquen algo de suma importancia en este espléndido país, cultural e intelectualmente hablando.
Por ejemplo, ese fenomenal espectáculo, en el cual se asesina al más bravo animal del mundo, e incluso, a veces cae algún que otro mamífero, considerado el asesino más temido de este planeta; el ser humano. Caso aparte sería el catastrófico hecho de privar el derecho fundamental, mundial, y Altamente necesario de no retransmitir ningún partido en directo desde la televisión pública. Ya no hablemos de suplantar de la magnífica programación televisiva reality shows en los cuales se hace ver el prototipo ideal de un perfecto ciudadano. España se iría arriba. Creo que la tercera guerra civil se nos echaría encima de la noche a la mañana.

Razonando, meditando exasperadamente, con la sangre corroída de tal dilema, he llegado a una simple y estúpida conclusión: sencillamente, somos imbéciles. El personal que nos gobierna, simplemente son el público de esta función que hacen llamar democracia. Hacen como que saben manejar un país en decadencia, ponen medidas que podrían horrorizar a cualquier hombre de otra época, y esperan a ver cuánto aguante tenemos. Mientras, eso sí, se toman una cervecita, en un bonito jacuzzi, en el ático más alto de la capital.

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