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Mostrando entradas de agosto, 2013

Tres susurros y un beso. Es lo que me hace falta para dibujar en tu rostro un universo.

Qué fácil, ¿no? Con qué poco te conformas. Cualquiera podría hacer eso por ti, y quedarías tan feliz como un niño con zapatillas nuevas.
Qué difícil, diría yo. Qué difícil, es encontrar a alguien, que con tres susurros, y un beso, dé razones suficientes para dibujar universos con tal de encontrar sonrisas, en ellos.

El ocaso de los ídolos o cómo gobernar a mamporrazos

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Supongamos que usted toca el piano. O el violín, o la guitarra, o el chelo. O incluso, la trompeta, en la banda pueblerina que acompaña las comparsas de las fiestas locales. En fin, que toca un instrumento. Y tras esto, por tocarlo/saberse dos notas, decide usted, cómo no iba a ser menos, ponerse el título de músico.
Ahora bien, imagine que todos se lo creen. Sabe usted utilizar la palabra como ese poderoso dictador alemán. Tal es ese poder que posee, que no necesitan comprobar la veracidad de esas maravillosas palabras, ni los fines que ellas esconden en su trasfondo, las cuales describen dedos rápidos y fuertes, tocando las más bellas melodías.
Su palabra llega tan lejos como su mentira. Y ahora se encuentra en un escenario inmenso. El prestigio alcanzado es nacional, y todos han decidido comprobar la grandiosidad de esos dedos prodigiosos. El público grita su nombre, zarandea carteles donde hay frases de verdaderos fans, la gran masa reclama tu nombre a gritos. Eres el líder de una …

Océano de sonidos

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El verano gira a una velocidad voraz. Se despide el estrés de la rutina laboral, para dar la bienvenida al estrés de las llamadas vacaciones. Coches, ruidos, aglomeraciones; prisa. Sobre todo prisa. Manchamos la playa, el mar se revuelve, ¿qué pensarán los habitantes de los océanos, cuando invadimos su mundo?

Nadie los escucha. Pero el océano nos dice algo. Las olas acarician bahías tiernas sin la presencia del humano. Los peces, las medusas, las algas. Todo ser que habita allí vive por inercia. La vida pasa sin temor, las corrientes agitan un poco sus vidas, pero el sonido de la pureza les vuelve a tranquilizar.

Solo una cosa temen. Chapoteos, motores, lanchas pasando a velocidades de vértigo, gritos, miles de toneladas de basura caen al mar, a su mundo, a su pequeño y a la vez enorme, rincón de este planeta. La paz se agita, ni una tormenta podría interrumpirla tan bruscamente. Y de repente, el océano calla.

Sencillamente, imbéciles.

¿Cuántas decepciones necesita el ser humano para sentirse arrepentido? ¿Cuánto tiempo necesita para sentirse agotado? Esas preguntas se me pasan por la cabeza cada vez que leo la prensa. La respuesta es clara: infinitas; a menos que toquen algo de suma importancia en este espléndido país, cultural e intelectualmente hablando.
Por ejemplo, ese fenomenal espectáculo, en el cual se asesina al más bravo animal del mundo, e incluso, a veces cae algún que otro mamífero, considerado el asesino más temido de este planeta; el ser humano. Caso aparte sería el catastrófico hecho de privar el derecho fundamental, mundial, y Altamente necesario de no retransmitir ningún partido en directo desde la televisión pública. Ya no hablemos de suplantar de la magnífica programación televisiva reality shows en los cuales se hace ver el prototipo ideal de un perfecto ciudadano. España se iría arriba. Creo que la tercera guerra civil se nos echaría encima de la noche a la mañana.
Razonando, meditando exasper…