Siglo XXII. Quedáis presentados.

Se sigue buscando en el alcohol y las drogas una huida para este mundo tan perfecto, pero tan mal concebido por la especie humana. En los bares, los esclavos del hormiguero encuentran la esperanza de un mañana mejor. Filosofando entre cerveza y cerveza. Entre calada y calada se evaden los filósofos de esta época. Cansados de no ser escuchados, transformándose en lo que fue en la Edad Media el pueblo llano. Las palabras y el intelecto fueron derrotadas frente a la fama y el dinero. Pobres de bolsillo, poderosos de corazón y de alma. ¿Tienes algo que decir? ¡Fuera! (…) Disculpe. ¿Ese maletín de quinientos de los grandes es para nosotros? Es usted de los nuestros.
Les aseguro que si naciera un nuevo Albert Einstein este moriría de hambre y su paso por la Tierra sería tan efímero como el de la mayoría que pasa por aquí. No es intelectual quien tenga ideas brillantes. Es quien aprovecha este ruin sistema para que su cuenta bancaria esté repleta de dinero. A poder ser, dinero virtual. Porque ahora, en el siglo XXII da comienzo la era que ya se venía anunciando. La era de una generación nueva de piratas. Piratas sin pata de palo ni garfio, con una sonrisa acogedora, con pijama de uniforme y un ordenador que crea, gracias a una red de fibra óptica, toneladas de dinero para sus arcas.
La sociedad está apagada. No hay revueltas, ni atentados, ni personas echadas a la calle para defender sus derechos. ¿Tanto hemos progresado? Todo lo contrario. Los deseos para un futuro mejor han desistido. El presidente número Uno gobierna a un mundo entero lleno de adeptos que solo comen, duermen, se reproducen y mueren. La palabra revolución falleció, al igual que la guerra. La paz mundial parece haber recaído, pero se llegó a base de tiros, de sangre, de  muerte. Pero esta paz es solo superficial. Nada fue solucionado, todo lo que concierne a la sociedad no desapareció, simplemente pidió silencio.


Y este silencio es tan tenso, como el mundo entero, dependiendo de un frágil hilo de coser.

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