Relatividad, bonita relatividad, II. (Ampliación)

Todo es relativo. Una hormiga puede ser insignificante al lado de un elefante, pero enormemente gigante comparado con una efímera molécula. Cinco euros no son nada si se necesita una casa, pero una cifra estratosférica para alguien del tercer mundo.
La belleza, las cualidades, la perfección. Todo, absolutamente todo es relativo. Quizá la persona más bonita no sea “miss Universo”. Porque la belleza, la perfección, solo está en los ojos del que mira. Por ello, todo el mundo posee el derecho de ver su propio arte, su propia vida, tal como sus relativos ojos la ven. No hay nadie más bella que una madre. Nada más perfecto que una sonrisa al aire, de esa persona que es arte, para olvidar los arañazos que nos da a veces este relativo mundo. Un mundo tan imperfectamente perfecto, que el ser humano está destruyendo sin piedad, con su relativa inteligencia.

Paseamos por la calle y nos encontramos rodeados por millones de personas, relativamente. Porque todos ellos están contigo para sonreír. Pero para apoyarte con un simple abrazo, maldita sea; completamente solos. Y solos, o acompañados con pocos,  disfrutamos de las pequeñas alegrías. Como contemplar las estrellas, o saborear nuestra comida favorita. Pequeñas alegrías, que lo material no entiende, pero que tiene más valor, que infinitos lingotes de oro. Cada milímetro de lo que puedes pensar es relativo. Pero lo que más, el tiempo. Una hora puede parecer eterna, y un año un suspiro. Sin nuestra relativa perfección cogida de la mano, cada hora sería eterna. Con ella, el tiempo alcanza velocidades comparables a las de la luz.

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