Soledad.

Qué bonita es a veces, pero qué amarga otras tantas. Las horas pasan espesas con ella, cada minuto es eterno, pero a la vez los días vuelan tenebrosamente rápidos, como estrellas fugaces que han perdido el brillo y el rumbo, de tanto correr.
Nos convertimos en los únicos oyentes de la voz que proviene de nuestra mente. Tan oscura, tan ronca, tan profunda, que incluso nos cuesta reconocer ese sonido señero que parece provenir de ultratumba; nuestra propia voz.
Nos hace ser presos de nuestro silencio, en una cama fría, junto a las orillas de un río elaborado con nuestras penas. Alumbrados solo por una penetrante, pero efímera luz, que le da un poco de sentido a nuestro vacío exterior. Consuelo el nuestro por cierto, saber que nuestro vacío está en la capa superficial y no en el interior, como en el caso de muchos.
Empero, la soledad se puede vivir de otra forma. La soledad más bonita es la que se vive acompañada, en cualquier lugar. Destapados, tapados, pasando frío o calor. En un cuarto vacío, en un parque inmenso, o en la ciudad de México, alrededor de veintiún millones de personas, y abrazado por solo (y suficiente) una de ellas. Incluso sin personas, con una guitarra, un piano, o unos simples auriculares que hagan retumbar música, hacen de la soledad, un lugar más donde habitar.

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