Niño, sobre todo sé niño.

Los farolillos dan una efímera y siniestra luz, cubriendo las calles encharcadas, frías y desoladas. La niebla congela el viento, los gatos maúllan consuelo, los perros le piden a la luna lo que en la Tierra no encuentran. Las ratas divagan por las calles; ya no distinguen las cloacas sucias del exterior.

El aire susurra con orgullo al silencio de la oscuridad. Todos duermen, como siempre, pero ahora sin hacer ruido. En el trasfondo de la ciudad suena una sirena que grita porque alguien pidió auxilio. Otra sirena, a orillas de una persiana entreabierta gime una bella melodía que oculta todos los miedos. En la ciudad unos fallecen, mientras otros mueren, por amor. En la ciudad unos lloran por dolor, mientras otros, por placer.
Las ratas vuelven a su casa, el ruido del silencio les atemoriza, la búsqueda de un paraíso acaba de ser abatida; la realidad del ser humano es demasiado dura para los humanos.

Todos los gritos conforman a la ciudad. Un lugar diminuto, con millones de almas, con infinitos lloros y lamentos. Con deseos, que reclaman la libertad encerrada de la ciudad. Los niños sueñan con castillos de arena, sus madres acunan sus deseos y su inocencia, para que la realidad no los convierta en pesadillas. Algunos ya descubrieron que el Coco no está debajo de sus camas, sino fuera de sus casas. ¿Pero a quién le importa? El niño es feliz con su alma precaria. El niño es pequeño, con corazón enorme. Que lucha y vence a los gigantes con los que se enfrenta. El niño ante la ciudad solo, libre y victorioso.

Comentarios

Entradas populares de este blog

No se ponga celoso, Horacio

Ciao, agosto!

Archipiélago de palabras