No vueles alto, o morirás derretido, Ícaro.

Partí de una isla aquel día de mierda y topé con el océano a mis pies. Y el cielo, maldita sea, demasiado cielo estaba si quiera para poder mirarlo. Pero pequeño terremoto, sacaste al naufrago del mar y le pusiste las alas que tanta libertad dotó al pequeño Ícaro. Y navegando me encuentro conociendo a Marte, entre tus lunares, jugando a ser astronauta sin traje. Jugando a llegar al Sol sin quemarme.
Que ni el calor del Sol me derrite, y ni Sol eres, porque ni a la luna temes.
          Así que imagina...

Comentarios

Entradas populares de este blog

No se ponga celoso, Horacio

Ciao, agosto!

Archipiélago de palabras