Humedad en el desierto

Un niño en pijama un domingo, jugando a ser libre con una pelota en el jardín...
Un adolescente un lunes jugando a esconderse en su emepetrés... 
Una fragilidad inmune que me hace perder. En el borde de un acantilado, se colorea libertad, un paso en vano al borde del precipicio no es siquiera un principio. Es teñir de color blanco un punto, de una esquina, del infinito universo. Es intentar borrar diez sonrisas por una simple lágrima, en un amor. Un amor verdadero, y no de película, de artificial penuria. Porque ni las películas son tan bonitas, ni tan bonitas son esas escenas, si las vives y no imitas cien millones de dólares. Ni imitar te llena, ni comprando se vende lo que tú sientes, aunque el cristal opaco de tu mente piensa que la originalidad se vende por un billete. 
Perderme en tu mente es lo que necesita mi mente. Sumergirme en tu sublime mundo y perderme en el olvido. Ser tu cuerpo quien dirija mi camino y no el concienzudo alarde a una vida más ejemplar, más alegre y más material. Desvanecerme entre lo infinito y lo imperfecto para ironizar la vida que jamás tuvimos, por la agonía del tener más que otro, y ser una mente más de este súbito mundo. Una mente que se compra y se vende, por el alarde de una cartera con un billete.

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