Vagabundo son los ojos del que no encuentra números

Derrumbado en el suburbio con voz quebrantada y corazón solitario. Penetrante mirada que exclama dolor pero reflejan un poder ilegítimo. Dolor por la atolondrada sequía; tempestad desierta que no parece tener fin. Una sequía que los superiores hacen impermeable, convirtiéndola de un desierto, a un océano, haciendo imposible, en igual de los casos, de una vivencia placentera.
Angustiada visión de futuro le hace un espíritu frágil, pero fuerte, pues cuando sientes estar en lo más bajo, el miedo por perder todo desaparece; los riesgos se desintegran y cualquier cambio se torna hacia el bien. Un bien que solo pide para ser satisfecho tener alimento y agua para sobrevivir, y un pequeño techo donde dormir.
El consumismo es arrebatado por la necesidad de supervivencia en su esencia.
Espíritu capitalista se aleja de la rutinaria vida humana, de las hipotecas interminables por cada metro cuadrado que pisa, del smartphone inseparable en su día a día y de la gente superior que en la empresa son tratados como unos simples números de estadística económica.
Pues eso es lo que somos en realidad, unos desteñidos números. Desde nuestro expediente a nuestro DNI, pasando por el número en la plaza de la universidad, o el paciente número X de aquel psicólogo que tanto se preocupa para que tu cabeza no explote a causa de que sus números estén al rojo vivo, mientras te roba esos números que tanto aprecia convirtiéndolos en rojos sangrientos y los gasta en otros números innecesarios, a causa de que su vida no le da el placer que todo humano necesita, por haberse preocupado que su fama esté en esa billetera llena de números.


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