Archipiélago de palabras

Son las once, las doce e incluso las una. He leído las entradas que más visitas tiene este blog y escuchado cuarenta y cinco minutos y once segundos de música que no debería haber dejado de escuchar en todo este tiempo. He buscado en cada esquina de mi habitación palabras que naufragaban y he formado un archipiélago de nombre "las cosas que nunca fueron", formado por islas vacías, abstractas y huecas. Rodeadas por un mar de artículos, pronombres y preposiciones que intentan abrazarlas con sus olas y buscar puntos de cohesión. Olas atraídas por la gravedad de la música, luna y Sol a la vez.
Y con todo y sin nada, no encuentro archipiélago alguno que merezca salir a la luz.

La mujer galaxia

Todas las noches desde su cama, con los pies fríos y la imaginación ardiendo, le gustaba cerrar los ojos para viajar por todos los planetas y con el dedo, señalar su destino para acampar en uno de ellos. Normalmente elegía el más frío para calentarse con su propio fuego, pero otras prefería irse lo más cerca posible del Sol para derretir esos miedos absurdos a la muerte y al mañana. Por eso, en la lucidez de una galaxia inventada, con límites geométricos y blancos imposibles, desterraba todo aquello que tuviera que ver con la oscuridad y el futuro. Parecerá una inocentada infantil terrible, pero todas las noches, desde su cama, con los pies fríos, calentaba su alma creando galaxias inventadas donde todos los planetas giraban a su alrededor.


Texto creado a partir de estas palabras sugeridas en mi cuenta de Twitter (@placerodio): 
Planeta - @Flops96
Futuro y miedo - @Suspirosdehumo
Destino - @TomasTSandoval
Destierro y lucidez - @SaltoAmortal
Cama y muerte - @SrCarlosmgv
Imposible y creer - @incredulaa
¡Mil gracias a cada uno de ellos!

Autorretrato

Intento número quinientos treinta y cinco de este autoretrato: soy incapaz de conjugar todos los verbos en primera persona del singular y acabo hablándome a mí mismo en tercera persona.

 Nací un jueves trece de un invierno seguramente frío y será por eso que casi nunca necesito abrigo para cubrirme ni por fuera ni por dentro. Me entristezco fácil, se me olvida con más sencillez aún y lloro con la misma frecuencia que llueve en un desierto.
 Aun con muchos calcetines mojados por pisar charcos, unos cuantos años cumplidos, barba ya crecida y a veces dolor de espalda, sigo siendo un crío de mierda. De los que si cambian, seguramente sea para peor y aun así se alegran del cambio porque lo aman, de los que parecen haber aprendido la lección pero si les pierdes de vista, huyen para esconderse y preocupar a los demás sin ser consciente.
 Si choco y caigo, aprovecho para mirar las estrellas, observar lo bonito que es el mundo desde otra perspectiva y sonreír un poco. Porque si no, de qué. Y hablando de tropezar, soy experto en tropezar en nuncas más. Y arrepentirme solo a veces, pero casi siempre volver a repetirlo. Inconsciencia total. Tan feliz como inconsciente e irremediable y torpe. Pero feliz.
 El chico rubio, cara de niño bueno, tímido y callado, os aseguro que no es tan santo por dentroSoy complicado de entender, y a la vez siento que mi corazón está plagado de un vacío que me aterra y odio. Oculto un cinismo a veces terrible y la frialdad de aquel invierno en el que nací. Soy tan lejano que parezco estar a diez mil años luz, el verbo empatizar muchas veces lo desconozco sintiéndome una máquina programada para respirar, me convierto en un desconocido cada vez que me oculto en mí mismo y echo de menos con la frecuencia que se origina un eclipse solar. Sin embargo, cuando encuentro un rinconcito cálido: puro abrazo. Los busco a cada rato. Amo todo lo que pueda y regalo la sonrisa sin pedir nada a cambio. Y si alguna vez impongo moneda, esta es el abrazo. Hablo lo necesario bajo mi punto de vista, quizá insuficiente para la mayoría. Escucho quizá demasiado, y alguna que otra vez oigo porque imaginar música dentro de mí es más interesante.
Sobre el amor; el mar, el atardecer y los colores que se inventa el cielo y el agua. Los detalles de los reflejos sobre una calle mojada, el sonido de fondo de los coches pisando charcos y las hojas paseándose por la acera entre nosotros. Me alejo de las cadenas, las amarras y los anclas. No concibo un territorio como una nación, me es imposible sentirme de un lugar determinado y alejarme de lo que no es "mío", sin significar esto que no pueda amar y sentirme agradecido por algún trozo de tierra en particular, política y geografía a parte. Simplemente por amor a la belleza y el detalle.
La belleza la encuentro en todas partes. Me es irremediable encontrar encanto a cada persona que conozco aunque algunas me lo pongan complicado, así como rincones de ciudad poco agradecidos u objetos que no tienen la intención de transmitir encanto. Sin cánones de belleza de tres al cuarto ni patrones predefinidos que hacen que algo sea cara o cruz; entre estas dos posturas, una escala de grises. Me quedo con ella. Siempre. En cualquier aspecto.
En la cabeza siempre me ronda dos pájaros, uno en clave de fa otro en sol, que construyen nidos de sonidos a veces un poco ordenados, otras no demasiados. Silbando, moviendo los dedos o recreando ritmos con pequeños golpes: todo lo que necesitas para ponerte de los nervios, simplificado en un solo ser. Podría confesarme melómano y acabar esta entrada con una cita de Nietzsche, pero dejé las frivolidades al comienzo del texto. En ocasiones odio la música. Sí, odiar. En mi opinión es algo natural cuando sientes que algo es tan superior a ti que nunca podrás controlarlo de la misma forma que te puede controlar a ti. Un odio que conlleva más amor y a la vez más unión. Yo qué sé, en ocasiones hablo lo que siento y la cordura se pierde en qué sé dónde. Y de ahí que argumentar sea un plato difícil de elaborar. Y acabo con palabras sueltas y sonidos ordenados a través del tiempo:
Delicadeza. Relatividad. Flexible. Libertad. Azul.







Atardecer


Mirando al mar, entre formas ondulantes y tiempo geométrico, yacía una canción en mi cabeza y más tarde en el pecho. El Sol rozaba al mar sin tocarlo, como un beso que quiso pero nunca fue. Unos pájaros nadaban en paralelo con el horizonte y los peces volaban a través del tiempo y no del espacio; una locura sin explicación, pero quién la necesita, si llega a donde quería llegar: la cadencia de esa canción que yacía en mi cabeza y más tarde, exactamente seis minutos treinta y un segundos, en el pecho. Mientras tanto las olas seguían balanceando el paisaje, el Sol se aproximaba más a los labios del mar y las nubes propiciaban el ambiente perfecto para morir viviendo. Mientras tanto, mirando hacia afuera pero observando hacia adentro, el mar dibujó la silueta de tus labios contra los míos y justo ese instante causó el desastre; seis efímeros minutos y treinta y un eternos segundos de un beso que quiso pero nunca fue.



La de gris color cielo

 Era gris color cielo y sin embargo, la única persona que sabía hacer sonreír, que no reír –la diferencia está en los ojos– sin pretenderlo. Era color gris cielo y su ropa rompía a veces con la escala de grises, otras las acompañaba hasta la última cadencia y la primera nota. Por dentro quién sabe cómo, quién sabe qué, se erigía la belleza más oscura y a la vez más colorida que se puede crear por un ser humano. Era un Monet, un poco locura Van Gogh, nada artificial Degas, menos  Renoir. Era todos esos e incluso otros tantos y a la vez ninguno. Era una ironía realzada con trazos sueltos grises, completada con azules y amarillos que hacían verdes impenetrables. Era gris. Gris color cielo.